En mi casa nos hemos criado con un bizcocho en la cocina.
Era la manera en la que mi madre agradecía el cariño que recibía de las personas.
Recuerdo un día que llegó llorando de la calle porque había visto a una mujer sentada en el escalón de la iglesia, llorando, muertecita de frío y con un bebé atado al pecho.
Yo no supe consolarla, pero nunca me he olvidado de ese momento.
Quizás ese sea el origen de mi amor infinito por las mujeres y de mi obsesión por ayudarlas, porque la madre que me parió me lo enseñó en casa.
Ahora lo llamamos sororidad.
Ella lo llamaba amor.